Me llamo Barrabás

 Me llamo Barrabás. Hasta hace unos días mi vida pendía de un hilo, mejor dicho, estaba decidida: condena a muerte por un homicidio. Ya sabes, quien a hierro mata… Aunque no me lo explico, porque en realidad soy un patriota que mata romanos, esos invasores del demonio que expolian mi tierra y a mi pueblo; y como ese Mesías tan esperado no aparece (creo que ni está ni se le espera), yo me dedico a hacer su trabajo, quitando de en medio todos los perros que puedo.

Esa ha sido mi vida hasta que me pillaron y me arrojaron al pozo negro de las mazmorras romanas, a dejar que me pudriera allí, cogiera la lepra o algo peor, o a esperar a que algún soldado con ansia de gloria le diera por descabezarme y así una boca menos que alimentar.

Nada me importaba, ni siquiera mi vida, porque todo era miseria, horror, guerra y opresión. Por eso decidí dedicarme a destripar a los hijos de Roma y salir corriendo después. No temía ni a Dios ni al diablo, nada me podía sujetar y no tenía el más mínimo escrúpulo en utilizar cualquier medio que justificara poder quitar de en medio a cuantos más, mejor.

Hasta el domingo. La semana no había empezado diferente, yo encerrado, sin ver la luz del sol, pero algo cambió. Trajeron a otro prisionero y me sacaron a empujones de la celda para ponerme a su lado y que la gentuza, embravecida, borracha por las palabras de los agitadores oficiales, decidió que me soltaran a mí en lugar de al otro pobre diablo, más muerto que vivo según me pareció a mí. Me recordaba a algunas lecturas en la sinagoga, allá en mi niñez, cuando hablaban de alguien al que le harían de todo, latigazos, escupitajos, insultos, golpes… y que estaría callado, sufriría sin abrir la boca, como una oveja llevada al matadero. Pues allí estaba este hombre, en carne viva, pero con una mirada en la que cabía la más infinita misericordia que jamás habría podido imaginarme… Yo, desecho de hombres y olvidado de Dios, solo con una mirada suya me traspasó, me dejó indefenso, inerme: toda mi soberbia, mis bravuconadas, mi valentía, todo lo que yo era hasta entonces, se deshizo como la escarcha bajo el sol de sus ojos.

No comprendía, aún no lo entiendo, cómo podía mirarme así cuando mi libertad supuso su condena a muerte. ¿Cómo podía perdonarme por algo así, sabiendo quién era yo y todo lo que había hecho? Porque, precisamente en ese instante eterno, vino a mi cabeza todo mi pasado, todas las vidas que quité, los bienes que robé y todos los males causados por mi mano… No lo sé. No lo comprendo.

Después supe que terminó crucificado, lo enterraron deprisa y corriendo en el sepulcro de otro (el pobre, literalmente, no tenía ni donde caerse muerto) y ahí terminó todo. Y empezó mi tortura diaria: no podía quitarme esos ojos de la cabeza; día y noche lo veía ahí delante, torturado, sangrando y mirándome con tanta ternura como jamás me había mirado nadie, ni siquiera mi propia madre. Me golpeaba la cabeza para quitármelo de la vista, bebí hasta caer sin sentido, pero él seguía en mis pesadillas, mirándome, incluso con una sonrisa y, para arreglarlo, me tendía la mano como queriendo levantarme del suelo en el que llevo viviendo desde que nací. No he pegado ojo desde entonces, no sé lo que me pasa, todo me estorba, me molesta hasta la más leve mirada de la gente, no soy capaz de levantar la vista porque la vergüenza me pesa tanto que mi cabeza es incapaz de levantarse lo más mínimo…

Y todo, por una mirada, por una sola, breve y puñetera mirada, mi mundo se puso patas arriba y empeoró aún más cuando supe que estaba muerto… Me habría gustado poder hablar con él, darle las gracias por cambiarse por mí. Pero, claro, los muertos no hablan…

Esta mañana ha sido gracioso, he oído por la calle que cuando unas mujeres fueron a adecentar su cadáver él no estaba allí. Unos dicen que ha resucitado (¡toma ya!), otros dicen que sus discípulos se han llevado el cuerpo y han corrido la voz de su resurrección, pero que estará enterrado por ahí… No lo sé. La gente ya no sabe qué inventar.

Pero me ha sentado bien esa noticia, la idea de que pudiera haberse escapado de la muerte me agrada. Sería como darles en las narices no solo a los romanos, sino a las autoridades religiosas judías, que nos tienen acogotados con tanta norma y tanto precepto. Estaría bien que eso fuera verdad… No sé.

Me llamo Barrabás y hace unos días, un tal Jesús dio su vida por mí.

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