Diario romano

No me los quito de encima ni en sábado, su bendito “Sabbath”. Creía que esta mañana había terminado todo, pero no. Aquí están de vuelta con sus capisayos, sus varas de mando y su prepotencia divina… No sé qué les habrá visto su Dios para elegirlos, porque son unos verdaderos…  No tuvieron bastante con hacer que lo crucificásemos, que ahora quieren que ponga guardias en su tumba por no sé qué promesa de resurrección al tercer día. ¡Qué pesadez de gente! ¡Qué ganas tengo de salir de esta maldita provincia!

Resulta que ayer, viernes, casi de madrugada, me trajeron a un infeliz que se creía hijo de Dios (no sé de qué dios, porque yo tengo unos cuantos y el suyo no tenía ni nombre propio), que había ido propagando una doctrina sobre amar a los enemigos y cosas del estilo, además de haber sanado algunos enfermos, según decían los jefes religiosos, con las malas artes del demonio… A pesar de haberles preguntado cuáles eran los cargos oficiales que le imputaban al demente (encadenado hasta el cuello, como si fuera una bestia peligrosa), no conseguí distinguir ni un solo delito: para Roma, a quien represento en esta tierra perdida de la mano de Júpiter, no es delito la blasfemia (estaríamos todos ejecutados si fuera así), ni curar a la gente en cualquier día de la semana, ni predicar la resurrección de los muertos, ni nada de lo que decían que aquel pobre diablo había hecho o dicho.

Como no encontré cargos, hice memoria y caí en la cuenta de que, por su domicilio, era jurisdicción del rey Herodes, y allí lo despaché. Como buen burócrata romano, les dije que su ventanilla no era esta y que volvieran otro día. ¿Otro día? Al poco rato los tenía de nuevo plantados delante de mí, a la distancia suficiente para no cometer impureza (ellos no se juntan con cualquiera, eso lo tienen grabado a fuego), pero otra vez con el pobre predicador encadenado hasta las cejas y con la misma cantinela: “Es reo de muerte”. ¿Por predicar insensateces? ¿Por decir que hay vida después de la vida? Pero, mirando los ojos de sus acusadores, inyectados en odio, en resentimiento y, ¡cómo no! en una envidia de la mejor calidad, reclamaban la muerte de aquel hombre.

No tenía alternativas a la vista y tampoco quería mandar ajusticiar a quien era inocente de toda culpa, así que me lo entré conmigo y estuve hablando con él. Me dijo cosas muy inquietantes sobre quién me había dado el poder que ostento y que puedo hacer que lo maten, y sobre que él es rey, pero no de este mundo (pobre, estaba delirando cada vez más). Me habló también de la verdad, y se quedó flotando una pregunta, que yo mismo hice, y que me contestó con su mirada: “¿Qué es la verdad?”

Confieso que me dejó cavilando y me provocó más preguntas que respuestas esa mirada. Sin embargo, el griterío fuera aumentaba sin control y lo que menos necesitaba yo ahora era un tumulto y que llegase a oídos del emperador Tiberio. Eso sería mandarme a casa y con una caput deminutio[1] encima, que sería la deshonra para toda mi familia. Así que, a sabiendas de que no era justicia lo que estaba haciendo, de que estaba faltando a la ley romana y a la ley natural, y que tendría problemas conyugales, porque mi mujer llevaba ya días con pesadillas premonitorias de lo que estaba pasando, decidí -literalmente- lavarme las manos de la sangre de ese hombre, dejándolo al arbitrio de la soldadesca y de sus paisanos que lo querían ver ajusticiado como al peor de los criminales. “¡Caiga su sangre sobre nosotros y nuestros hijos!”, dijo la turba como una sola voz. “Fiat!!!”, les contesté, y se lo entregué.

Para colmo de mis males, precisamente ayer, hacia la hora nona, un terremoto sacudió todo Jerusalén y me hizo pensar en que me había equivocado por completo en mi decisión. Después pregunté al tribuno encargado de la ejecución y me dijo que justo a esa hora fue cuando el pobre diablo entregó su espíritu: muerte y terremoto al mismo tiempo, que se unió a los densos nubarrones que desde la hora sexta se habían cernido sobre la ciudad. Un presagio tras otro, esto no pintaba nada bien. Los romanos somos especialmente supersticiosos de todos los signos de la naturaleza, y los augurios no podían ser peores. Pero, como les dije a los mismos pesados cuando quisieron corregir el cartel que había puesto en la cruz, y que indicaba su delito, “scriptum, scriptum est” y lo mismo sucede con mi decisión de enviar un inocente a la muerte: “factum, factum est” y no hay vuelta atrás. Tendré que vivir con las consecuencias, sean las que sean.

A ver si quieren los dioses -los míos, todos ellos a la vez- que esto se acabe aquí y que, muerto el perro se acabe la rabia. Pero, no sé por qué, creo que esto no ha hecho más que empezar…

Me llamo Poncio, Poncio Pilatos, y, por ahora, soy el gobernador de Judea.



[1] Degradación total, que conllevaba incluso la pérdida de la ciudadanía romana junto con los bienes del castigado.

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